El Evangelio nos lleva al momento más profundo y decisivo de la historia de la salvación. Es mediodía, pero una oscuridad cubre toda la tierra hasta las tres de la tarde. En medio de ese silencio denso, el velo del templo se rasga, como si el mismo cielo gritara que algo nuevo está naciendo: ya no hay distancia entre Dios y su pueblo.
Entonces Jesús, con voz fuerte, pronuncia sus últimas palabras: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», y, diciendo esto, entrega su vida. No lo hace desde la desesperación, sino desde la confianza total en el Padre.
Entre los que lo observan está José de Arimatea, un hombre bueno y justo que no había consentido en la condena. Con valentía pide el cuerpo de Jesús a Pilato, lo baja de la cruz, lo envuelve en una sábana y lo deposita en un sepulcro nuevo, donde nadie había sido colocado antes.
En este breve pero intenso pasaje, contemplamos el misterio de un amor que se entrega hasta el extremo, el silencio de Dios que prepara la resurrección y la ternura de quienes permanecen fieles incluso en la noche más oscura. Es el momento en que el dolor se transforma en promesa y la muerte se convierte en semilla de vida.